Tempranillo: la uva que une Ribera del Duero, Rioja, Cigales y Toro

Una uva y cuatro territorios. Y cuatro vinos que difícilmente podrían saber igual. El jueves 12 de noviembre se celebra el Día Internacional del Tempranillo, una fecha perfecta para detenernos en una de las variedades más importantes del viñedo español y, sobre todo, en una de sus cualidades más interesantes: su capacidad para cambiar dependiendo del lugar donde crece.

Porque hablar de Tempranillo no significa hablar de un único estilo de vino.

En Ribera del Duero la encontraremos también bajo los nombres de Tinto Fino o Tinta del País. En Rioja es la variedad que vertebra buena parte de la identidad de sus tintos. En Cigales demuestra que este histórico territorio de claretes también es capaz de elaborar grandes vinos tintos de guarda. Y en Toro encontramos la Tinta de Toro, genéticamente vinculada a la Tempranillo pero adaptada durante siglos a unas condiciones especialmente exigentes hasta adquirir características propias.

Hoy proponemos un viaje para comprobar cómo cambian los vinos cuando cambian el suelo, la altitud, el clima, la edad del viñedo y las decisiones tomadas en bodega.

Cuatro paradas: Ribera del Duero, Rioja, Cigales y Toro. Y cuatro vinos para entenderlas: Matarromera Prestigio, Oinoz Crianza, Valdelosfrailes Reserva y ALAE Finca de la Calera.

¿Por qué se llama Tempranillo?

El nombre nos da una primera pista sobre su comportamiento.

“Tempranillo” hace referencia a su maduración relativamente temprana. La variedad tiene un ciclo corto y es capaz de adaptarse a territorios diferentes, aunque su comportamiento cambia mucho en función de la altitud, la exposición, las temperaturas y las características del suelo.

En términos generales, puede ofrecer aromas de frutas rojas y negras, ciruela, fresa, frutos del bosque y flores. Además, tiene una buena relación con la crianza en madera, lo que permite elaborar desde vinos jóvenes y frutales hasta grandes tintos concebidos para evolucionar durante años.

Pero estas características generales cuentan solo una parte de la historia.

Porque una Tempranillo cultivada en Valbuena de Duero no se comporta igual que otra situada en las zonas altas de la Sonsierra. Ni un viñedo de Cigales responde igual que una parcela de Tinta de Toro plantada sobre terrenos calizos en Valdefinjas. La variedad es el punto de partida. El territorio termina de escribir el vino.

Ribera del Duero: Tinto Fino, altitud y grandes oscilaciones térmicas

Nuestra primera parada está muy cerca del río Duero.

En Ribera del Duero, la Tempranillo recibe también los nombres de Tinto Fino y Tinta del País y es la variedad principal de la denominación.

Aquí encontramos inviernos fríos, veranos calurosos y diferencias importantes de temperatura entre el día y la noche durante la maduración.

Esa amplitud térmica es uno de los elementos característicos del territorio y ayuda a comprender el equilibrio entre madurez y frescura que puede alcanzar la uva.

Pero dentro de la propia Ribera tampoco existe un único Tempranillo.

Cada parcela añade sus propias condiciones.

Matarromera Prestigio: la Tempranillo de Pago de las Solanas

Para entenderlo podemos detenernos en Matarromera Prestigio 2021. Se trata de un vino que nació precisamente con la intención de salirse de los esquemas habituales de crianza y expresar la personalidad de los viñedos seleccionados de la Ribera del Duero. Su elaboración también rompe con la clasificación más convencional: realiza nueve meses de crianza en barricas de roble francés y otros nueve meses en roble americano, para continuar posteriormente su evolución durante dos años en botella. En copa aparece una Tempranillo profunda. Fruta negra, guinda, zarzamora, grosella y mora madura se encuentran con especias, regaliz, cacao, tostados finos y un componente mineral. Tiene estructura. Pero también elegancia. Aquí la Tempranillo muestra su capacidad para crear vinos profundos, complejos y concebidos para evolucionar.

Es nuestra primera expresión. Y basta desplazarnos hacia el noreste para encontrar otra completamente distinta.

Rioja: la Tempranillo entre frescura, caliza y Sierra de Cantabria

Si hay otro territorio inseparable de la Tempranillo, es Rioja. El propio Consejo Regulador la considera la variedad más característica de la denominación y el fundamento de buena parte de la identidad de sus vinos tintos. Su versatilidad permite elaborar desde estilos jóvenes hasta vinos con una larga capacidad de envejecimiento. Pero Rioja es enorme y diversa. La denominación se extiende aproximadamente cien kilómetros de oeste a este y reúne diferencias climáticas, altitudes y microclimas muy considerables.

Por eso volvemos a acercar el mapa. Esta vez viajamos hasta San Vicente de la Sonsierra y Labastida, muy próximos a la Sierra de Cantabria.

Oinoz Crianza: Tempranillo desde las zonas altas de la Sonsierra

Oinoz Crianza procede de Tempranillo cultivada en viñedos de San Vicente de la Sonsierra y Labastida. Aquí encontramos cepas de entre 25 y 80 años, plantadas en vaso sobre suelos calcáreos y frescos y situadas en las zonas altas próximas a la Sierra de Cantabria. Son viñedos de producciones limitadas y uvas de pequeño tamaño. La Sierra desempeña además un papel fundamental en el paisaje y el clima, actuando como barrera frente a buena parte de las influencias húmedas procedentes del norte.

El resultado es otra lectura de la Tempranillo. En Oinoz Crianza encontramos frambuesa, zarzamora y violeta, acompañadas por recuerdos mentolados, pimienta blanca, regaliz y matices minerales. Realiza doce meses de crianza en roble francés y americano de tostado ligero, pero mantiene una marcada sensación de fruta y frescura. Frente a la profundidad de Matarromera Prestigio, Oinoz nos permite buscar otra cara de la variedad: más inmediata, fresca, fluida y ligada al carácter de las zonas altas de Rioja.

La uva sigue siendo Tempranillo. Pero ya estamos bebiendo otro paisaje.

Cigales: la Tempranillo más allá del clarete

La siguiente parada está mucho más cerca de Ribera del Duero. Cigales es un territorio históricamente asociado a sus claretes y rosados. Sin embargo, sus viñedos también tienen una enorme capacidad para producir tintos con estructura, mineralidad y vocación de guarda. Y aquí volvemos a encontrarnos con nuestra protagonista. La Tempranillo.

Esta vez a través de viñedos maduros y una elaboración que busca intensidad sin perder finura.

Vista de la Finca Valdehierro en Cigales. Carlos Moro Vinos de Finca Matarromera
Vista de la Finca Valdehierro en Cigales. Carlos Moro Vinos de Finca Matarromera

Valdelosfrailes Reserva: Tempranillo de viñas viejas

Valdelosfrailes Reserva se elabora únicamente en las mejores añadas a partir de Tempranillo especialmente seleccionada de algunos de los viñedos más viejos de la bodega, cultivados en vaso y vendimiados manualmente. La selección aquí resulta especialmente importante. Las uvas pasan por un proceso muy exigente y realizan una maceración en frío antes de fermentar a temperatura controlada. Después, el vino lleva a cabo la fermentación maloláctica en barrica nueva y permanece durante al menos catorce meses en madera, antes de continuar un mínimo de dos años en botella.

El resultado nos muestra otra Tempranillo. Fruta negra madura. Intensidad. Estructura. Pero también frescura y elegancia. En boca aparecen suaves especias y registros torrefactos junto a un final largo y persistente. Cigales demuestra así que una variedad puede formar parte de la historia de un territorio y, al mismo tiempo, permitir reinterpretarlo. La misma Tempranillo que asociamos inmediatamente a Ribera del Duero o Rioja encuentra aquí una personalidad diferente.

valdelosfrailes reserva

Y todavía nos queda la expresión probablemente más extrema del recorrido.

Toro: cuando la Tempranillo se convierte en Tinta de Toro

Llegamos a Toro. Y aquí conviene hacer una pequeña precisión. La Tinta de Toro comparte código genético con la Tempranillo, pero siglos de adaptación a las condiciones de este territorio han dado lugar a características agronómicas y ampelográficas propias. La propia D.O. Toro la reivindica como su variedad autóctona y principal. Es quizá el mejor ejemplo de lo que queremos contar en este artículo.

Una familia varietal puede viajar. Adaptarse. Cambiar. Y terminar profundamente vinculada a un territorio. Toro presenta condiciones especialmente exigentes: continentalidad, temperaturas extremas, escasas precipitaciones y una notable presencia de viñedos antiguos. La Tinta de Toro responde con uvas capaces de ofrecer intensidad de color, estructura y concentración. Pero el Toro contemporáneo no tiene por qué ser solamente potencia. También puede buscar frescura y precisión.

Finca Valmediano TORO, vinos de Finca Carlos Moro

ALAE Finca de la Calera: la Tinta de Toro desde la zona más alta

ALAE Finca de la Calera 2020 nos lleva hasta Valdefinjas, a la zona más elevada de Finca de la Calera. Las uvas proceden de viñedos de Tinta de Toro de más de treinta años asentados sobre terrenos con una importante presencia de caliza. Aquí el relato de Toro cambia. ALAE mantiene la intensidad de la variedad, pero busca especialmente frescura, mineralidad y finura en los taninos. En nariz encontramos fruta negra madura junto a matices minerales, balsámicos y notas de vainilla procedentes de su crianza.

En boca tiene estructura, pero el primer ataque resulta fresco; después aparece una evolución equilibrada y un final intenso y persistente. Es una forma especialmente interesante de terminar nuestro recorrido. Porque después de pasar por cuatro denominaciones descubrimos que aquello que une a estos vinos no es que sepan parecido. Es precisamente lo contrario.

Una misma uva no significa un mismo vino

Podemos comprobarlo fácilmente. En Matarromera Prestigio, la Tempranillo de Ribera del Duero adquiere profundidad, estructura y capacidad de guarda de la Milla de Oro de la Ribera del Duero. En Oinoz Crianza, Rioja y las zonas altas de la Sonsierra ponen el acento en la frescura, la fruta y la mineralidad. En Valdelosfrailes Reserva, Cigales muestra una Tempranillo procedente de viñas maduras capaz de combinar cuerpo, intensidad y elegancia. Y en ALAE, la Tinta de Toro lleva la familia varietal hasta un territorio extremo, donde los suelos calizos y la selección de la zona más elevada de Finca de la Calera permiten buscar otra vez equilibrio entre potencia y frescura.

¿Qué ha cambiado? Prácticamente todo excepto el origen varietal. El suelo. El clima. La altitud. La edad del viñedo. Los rendimientos. El momento de vendimia. La maceración. La madera. El tiempo. Y esa es una de las grandes lecciones del vino: la variedad importa, pero nunca está sola.

Suelo: lo que sucede bajo nuestros pies

Uno de los factores que más cambia entre estos cuatro territorios es el suelo. La vid no se comporta igual sobre terrenos calizos que sobre suelos con mayor presencia de arcilla, arena o canto rodado. El suelo condiciona el drenaje y la disponibilidad de agua, influye en el desarrollo de las raíces y modifica la respuesta de la planta ante periodos de calor o sequía. Por eso no debemos imaginar que el suelo “da sabor” directamente al vino. Su influencia es más compleja. Afecta a la planta. La planta, a la uva. Y la uva, finalmente, al vino.

Clima y altitud: madurar de manera diferente

Lo mismo sucede con el clima. La Tempranillo recibe precisamente su nombre de su maduración temprana, pero esa maduración no ocurre al mismo ritmo en todos los territorios. En zonas elevadas o con noches más frías, la uva puede conservar mejor determinados niveles de acidez mientras acumula madurez.

En regiones más cálidas y secas, la adaptación del viñedo y la gestión de la vendimia adquieren todavía más importancia. Incluso dentro de una única denominación existen diferencias. En Rioja, por ejemplo, el Consejo Regulador señala que la maduración de la Tempranillo puede variar considerablemente según altitud, exposición y microclima.

Por eso hablar simplemente de Tempranillo vuelve a quedarse corto. Necesitamos saber de dónde procede.

Tempranillo: una uva, muchos paisajes

Ribera del Duero. Rioja. Cigales. Toro. Cuatro territorios unidos por una variedad que recibe distintos nombres y adopta expresiones muy diferentes. Ese quizá sea el verdadero motivo para celebrar la Tempranillo. No solamente por su importancia histórica ni por la cantidad de grandes vinos que ha producido. Sino por su capacidad para actuar como un espejo. Plantada en otro suelo, cambia. A mayor altitud, cambia. Con otro clima, cambia. Con cepas más viejas, vuelve a cambiar. Y cuando llega a la bodega, cada decisión termina de construir su personalidad. Por eso el próximo 12 de noviembre podemos brindar por la Tempranillo. Pero también por algo mucho más amplio. Por los lugares que consiguen que una misma uva nunca cuente exactamente la misma historia.

Blog Matarromera
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.